No es falta de amor, es un duelo: Mi realidad con el autismo

 

Siempre nos han hablado del duelo que surge cuando fallece una persona, pero este ocurre en muchas otras situaciones. A nosotros, los padres de niños y niñas dentro del espectro autista, nadie nos explica que con el diagnóstico viene un duelo: el de saber que nuestro hijo o hija no es igual a los demás niños. No me malinterpreten, todos los niños son diferentes, pero nuestra realidad es distinta. Planeamos una vida para ellos y ese plan se nos vino abajo con la frase: «su hijo tiene autismo; nunca se va a comportar, comunicar o ser como los demás».

Por un lado, el diagnóstico nos dice que no estábamos locos o locas; que eso «diferente» que veíamos en nuestro hijo sí existe. Nos confirma que su retraso en el lenguaje tiene una causa y que esos berrinches no eran caprichos, eran crisis. Nos revela que frases como «ya va a aprender a hablar» o «ya se comportará como el resto» no son reales.

Nuestro duelo se vive de una forma distinta. Queremos estar bien para nuestros hijos, pero deseamos llorar la mayoría de los días porque no nos sentimos bien; estamos viviendo una pérdida. No se trata de ser fuertes, se trata de ver a nuestros hijos felices y poder ser felices con ellos a la vez. El amor lo puede todo, lo sé, pero los días se vuelven pesados con el tiempo.

Ese duelo se vive en silencio, porque si te quejas, parece que no eres feliz con tu hijo. Pero no es así: eres feliz, pero sigue habiendo una espinita que te hace pensar todos los días que pudo ser diferente.

Pudo ser diferente, pero mi realidad es esta. Afrontar el duelo es necesario para entender que, aun así, se puede ser feliz.




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