El arte de no correr: Una lección de calma en un mundo acelerado
Hace poco, mientras contábamos el dinero de la colecta dominical, observé a mi compañera. Intentaba colocar con urgencia el papel con el monto dentro de la bolsa que debíamos entregar al sacerdote. En su afán por terminar pronto, la tarea se le complicaba más de la cuenta.
El padre, al notar su agitación, tomó la bolsa y el papel con calma. "No tiene por qué apresurarse", le dijo con una sonrisa mientras hacía un nudo perfecto. "Lo hice despacio y no me tomó ni un minuto".
Antes de su vocación religiosa, él trabajó muchos años en producción industrial, y de esa etapa rescató una gran enseñanza: es mejor una cosa bien hecha y con calma, que diez mal hechas por las prisas.
Esta escena me hizo reflexionar. A las personas con mucha energía (o hiperactivas, como yo) la vida nos envía mensajes contradictorios. Por un lado, nos dicen: "no corras, no te apresures"; pero por el otro, nos presionan con un: "¡apúrate, que el tiempo vuela!". Es confuso, ¿verdad? Nos piden que no seamos "atarantados", pero nos exigen velocidad constante.
Este sacerdote me recordó una verdad que solemos olvidar: ir despacio no significa ser lento. Muchas veces, la prisa es solo el síntoma de una mala organización, ya sea propia o ajena.
Aunque nuestra naturaleza sea inquieta y nuestro cuerpo quiera correr en lugar de caminar, tenemos el poder de detenernos y respirar. Tomarnos el tiempo necesario garantiza que las cosas queden bien hechas. Entender que nuestro cerebro y cuerpo tienden a la aceleración es el primer paso para recuperar el control de nuestras acciones diarias.
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