El camino hacia la independencia se construye hoy: de la galleta al futuro
¿Qué es lo que realmente marca cómo va a ser la vida adulta de una persona neurodivergente, ya sea que tenga TDAH, TEA u otra condición?
La realidad es que nada está escrito en la vida de una persona neurotípica, ¡así que imagínense en la de alguien que presenta una condición del desarrollo! Sin embargo, hoy en día las terapias han avanzado lo suficiente como para ofrecer una excelente calidad de vida en las diferentes etapas del camino. La pregunta obligada es: ¿está esta atención al alcance de todos?
En Costa Rica contamos con un robusto sistema de salud y educación pública. Aunque a menudo se le critica, la verdad es que pone a nuestro alcance servicios por los que muchas familias en países del primer mundo deben pagar sumas altísimas.
Sin embargo, tener los recursos no lo es todo; la mentalidad lo cambia todo. Es fundamental entender que brindar calidad de vida conlleva un esfuerzo y un trabajo diario. A lo largo de los años, he observado a mamás profundamente preocupadas por la educación y autonomía de sus hijos, mientras que para otras, la máxima prioridad parecía ser conseguir una pensión vitalicia. Esto no es una crítica hacia el apoyo económico —si la pensión se utiliza para costear terapias y bienestar, es una bendición—, pero si se busca únicamente para que el hijo se quede encerrado de por vida, comiendo y durmiendo, se convierte en un desperdicio de su potencial.
Estamos claros de que muchas personas con discapacidad enfrentan barreras de salud y sociales muy complejas. A veces, por más que se luche, los resultados no son los que esperábamos. Pero hay una diferencia enorme entre decir «se luchó» y darse por vencido a las primeras de cambio. ¿Nos rendiremos tras los primeros veinte intentos, o nos atreveremos a intentar veinte veces más?
Calidad de vida no es solo tener un techo y comida; es poder vivir de acuerdo con las propias posibilidades, habilidades y capacidades. Lamentablemente, estas últimas muchas veces no se explotan ni se trabajan, lo que hace que una persona capaz de realizar muchas actividades termine sin hacer nada.
La manera en la que estimulemos a nuestros hijos determinará las habilidades que desarrollarán para ser independientes. Se los explico con un ejemplo sencillo: mi hijo siempre me pedía galletas. Al principio, yo se las daba en la mano. Luego, le mostré dónde estaban y él comenzó a tomarlas por sí mismo. Cuando se acababan, yo iba y rellenaba el tarrito. Después le dije: «Busca las galletas, ya sabes dónde están, y rellena el tarro tú mismo». Hoy, cuando me doy cuenta, él ya las ha tomado, incluso si están guardadas y empaquetadas. Si yo lo hubiera limitado, no habría aprendido a buscarlas y hoy dependería de mí para algo tan simple como comerse una galleta. Repito: hay habilidades que son difíciles de desarrollar, pero con paciencia y tiempo, no es imposible lograrlo.
Al final del día, el futuro de un adulto neurodivergente no lo define un diagnóstico, sino la mirada de quienes lo acompañan en su crecimiento. Si los miramos con lástima o desde la limitación, construiremos adultos dependientes. Pero si los miramos desde la posibilidad, sembrando hoy autonomía a través de las pequeñas batallas cotidianas —como alcanzar una galleta, vestirse solos o tomar una decisión—, les estaremos abriendo las puertas a una vida adulta digna. La independencia no llega de golpe al cumplir los dieciocho años; se construye paso a paso, con paciencia, persistencia y, sobre todo, con la firme convicción de que su historia nunca ha tenido un final escrito.



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